Climate change: cities as protagonists

 

 

When naming human inventions, like technologies that changed our unique way of life, we often forget what is possibly the most important of all, the most definitive, the one which relieves us of nature and of our nature: the city. It is not just a quantitative matter, the amount of people gathered in the same place: the city ( as describer by Lewis Mumford or Walter Benjamin)  imposes its conditions, creates new benefits and new sins...

 

A la hora de enumerar inventos humanos, tecnologías que cambiaron nuestra singular manera de ser en el mundo, suele olvidarse el que posiblemente sea el más importante, el más definitivo, el que más nos aleja de la naturaleza y de nuestra naturaleza: la ciudad. No se trata apenas de un cambio cuantitativo en la cantidad de seres congregados, la ciudad -lo sabían Lewis Mumford, Walter Benjamín- impone sus condiciones, crea nuevos beneficios y nuevos pecados. 

Ha resultado, desde ya, una creación beneficiosa para el aumento de la expectativa de vida, por poner un mínimo ejemplo. Pero nada es ganancia pura y siempre hay que mirar la balanza si se quiera dar un veredicto: la ciudad causa patologías psicológicas inéditas para el humano pueblerino o de manadas, para no hablar de problemas en el tráfico de vehículos, lo que genera la megaadministración de la basura y convivir pared de por medio con alguien de quien lo ignoramos todo, con lo peligroso que puede resultar eso. 

Y encima el cambio climático, que potencia lo desagradable de todo lo anterior. 

Entonces, como está visto que son escasas las posibilidades de conseguir un acuerdo político satisfactorio para reducir emisiones contaminantes en el marco de las convenciones de la ONU, como esta COP 20 de Lima (que terminó el domingo pasado tras dos semanas de durísimas deliberaciones) se busca al menos contener algunos de sus efectos en lo que los burócratas llaman nivel local. 

Las ciudades, sí

Por eso hubo por Lima, en la antigua capital virreinal, una serie bastante extendida de actividades relacionadas con las necesidades de adaptarse a una situación de más calor, de cambios en los sistemas de lluvias (o su ausencia, como pudo verse en la brutal sequía de estos meses en San Pablo), entre otras calamidades, además de la necesidad de bajar el nivel de emisiones de las ciudades que generan, según qué estudio se tome, del 70 al 80% de la contaminación. 

Lo base teórica está: algunos de los elementos de una ciudad sustentables ya conocidos son la eficiencia energética, la construcción sustentable, el transporte inteligente, el buen uso de recursos como el agua, el reciclado de la basura y la seguridad alimentaria. Se sabe qué hay que hacer, el tema es llevarlo a cabo. Y cómo. Y afectando los intereses de quién. Del cuando no hay dudas: debería ser lo antes posible. 

Percepción. Ese alejamiento artificial del ecosistema que rodea a las ciudades hace olvidar que también necesitan de sus alrededores para vivir y abastecerse, lo que otros llaman economía. Un estudio hecho por CDP con financiamiento de la Fundación Adenauer presentado en Lima mostró una relación de las consecuencias climáticas para 46 ciudades de la zona latinoamericana, entre ellas Mendoza y Buenos Aires. El 91% identificó al cambio climático como factor de riesgo para la infraestructura urbana. Y el 78%, que estas modificaciones en los patrones climáticos pueden complicar la rentabilidad de las empresas, pero a la vez resulta también una oportunidad económica (en el 67% de los casos) debido a todo lo que hay que construir para adaptarse al nuevo escenario así como en la creación de una nueva manera de generar, administrar y usar la energía. En concreto Mendoza señaló que la modificación de las lluvias afecta directamente el peso y el volumen de la uva y su proceso de maduración. ¿Qué será de la economía mendocina sin bodegas? 

 

 

Comparación. En otro trabajo -presentado en evento paralelo de la cumbre COP 20 coorganizado por la Universidad Nacional Autónoma de México y la Fundación FARN de Argentina- el investigador Luis Zambrano realizó una comparación entre las posiblemente tres más importantes megalópolis del continente: San Pablo, México DF y Buenos Aires, las tres complicadas por un mismo recurso: el agua. Y no es que la capital argentina esté bien, pero un primer vistazo del trabajo de Zambrano y compañía muestra las peores dificultades que tienen San Pablo y México, esta última construida por los aztecas sobre el antiguo lago Texcoco, en el que los españoles se posaron plácidamente (es un decir). Lo primero que sucede y sucederá son los anegamientos por la falta de capacidad de absorción de los terrenos. De todos modos, Buenos Aires, con sus entubados arroyos de llanura (algo que Zambrano desrecomienda), incrementa dificultades por su tendencia a continuar la construcción, ya que el cemento no absorbe. Para peor las tres ciudades comparten la falta de planificación epidémica que ha hecho que crecieran sin orden, y aún lo hacen. Todo un estilo latino. 

Justamente, la ciudad de Buenos Aires envió a esta COP 20 una monodelegación: Juan Carlos Villalonga, director de Agencia de Protección Ambiental (APRA) y miembro Greenpeace durante 16 años. En diálogo con este cronista en una de las instalaciones de El Pentagonito, donde tuvo lugar la cumbre, mencionó incluso al osado Metrobús como una de las acciones del gobierno que integra contra el cambio climático. "El cambio climático se les vino encima a las ciudades, cuyos funcionarios son los primeros que reciben las quejas", dijo. A Buenos Aires se le cayó en forma de lluvia: 2014 seguramente marcará el récord histórico de precipitación anual."No es que los funcionarios se enternecieron por un informe del IPCC (el Panel Intergubernamental que reúne los informes científicos) sino por los inundados de su zona: el que se cae de una ladera peruana no le reclama a (el secretario de la ONU) Ban Ki-moon sino al intendente", graficó. Villalonga participó en Lima de eventos sobre acción local con colegas de la región, en representación de una ciudad que tiene participación en el C-40. 

En cuanto a mitigación (que las ciudades emitan menos gases de efecto invernadero), Villalonga dijo que hay que ir hacia una electrificación de los buses porteños y que hay que empezar ya las negociaciones con las empresas para lograrlo en, digamos, unos veinte años."Pero ya se está bajando el consumo de energía en la vía pública a través del reemplazo por LED", dijo. Y agregó que el gobierno que integra se toma en serio el cambio climático y hasta ha creado un equipo interministerial recientemente, que el mismo Villalonga coordina. 

Lo mencionado por el funcionario porteño va en el mismo sentido de lo que dijo la alcaldesa de Lima, Susana Villarán, en otro de los eventos paralelos, esta vez en un salón de la propia municipalidad: "Ante cualquier problema o desastre climático el primer impacto es local y el alcalde se transforma en el jefe de Defensa Civil". Claro que los problemas climáticos se insertan en procesos sociales más complejos y duros, como mencionó el secretario de planeación de Bogotá, Gerardo Ardila:"Es difícil pensar los impactos del cambio climático cuando tenemos una ciudad que es racista, clasista y excluyente, donde hace falta mucho más ejercicio de la ciudadanía para que no les sea obligatorio a los negros blanquearse y a las mujeres masculinizarse para poder participar". Las desigualdades climáticas superpuestas a otras desigualdades preexistentes. 

Ardila y Villarán aceptaron la necesidad de reordenar el territorio para poder manejar el (nuevo) riesgo. Lima, por ejemplo, tiene a un millón de sus nueve millones de habitantes viviendo en laderas y en terrenos "otorgados" por mafias, fáciles para el alud. "Tráfico de suelo", denuncia Villarán con cierta impotencia. En ese sentido, más sólido parece el esfuerzo de la brasileña Belo Horizonte, que mostró cómo viene trabajando fuerte en infraestructura (puentes, caminos, empalizadas) en los barrios que sufren deslizamientos. Hasta se implementó una red de aviso a través de celulares ante lluvias importantes en la zona. 

La ciencia predice con bastante exactitud qué cosas pasarán en nuestras ciudades, de modo que no se puede culpar al cambio climático porque las acciones de adaptación ya pueden hacerse. Las ciudades no deben ser más un plano de humillaciones y fracasos. 

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